lunes, 27 de junio de 2011

Más acá (parte 13)

En la salita de espera solo se oye el ínfimo ruido de las hojas de revista, que casi se desprenden al compás de húmedas yemas y dedos impacientes.
La secretaria, somnolienta, con los pies pegados al calefactor, transcribe recetas acurrucada en su escritorio. Después de varios meses de observarla, creo que estoy en condiciones de afirmar que le tiene miedo a los enfermos. Paradoja, si las hay, para la secretaria de un consultorio médico. Atiende rápido, distraída, y siempre hace las mismas preguntas y en el mismo orden:
—¿Nombre?
—¿Ya es paciente o es su primera visita?
—¿Dirección?
—¿Cuál es el motivo de su consulta?
—¿Trae algún estudio?
—Eso es todo. Tome asiento por favor, el doctor lo va a llamar por su apellido.
Se aterra ante el mínimo desvío en la conversación, ante la posibilidad de la charla. A mí, en realidad, también me tiene miedo, pero disimula para conservar el puesto.
Muchas mañanas pienso en cambiar de secretaria, en renovar el consultorio, en modernizarme a pesar de que la idea me inquieta… Pero apenas meto la llave en la cerradura y aspiro el olor a papel y alcohol… me siento en casa y decido dejar todo como está.
Algunas tardes Paula pasa como un torbellino y deja flores en los floreros, revistas nuevas en el revistero, abre las ventanas a pesar del frío, renueva el aire con sahumerios, adorna mi escritorio con alguna foto nueva de Pablo, desperdiga bombones en mis cajones y galletitas de maicena y café intenso en la alacena de la cocina. Esas tardes son fabulosas, sobre todo porque el perfume de Paula permanece cuando ella se va.
Hoy, a pesar del frío punzante, la salita está llena y las fichas de los pacientes se acumulan en la bandeja de mi escritorio. Tomo la primera de la pila y me asomo apenas por la puerta.
—Carnevale… Gladis Carnevale…
Una señora menuda, apagada, viene hacia mí. Entra al consultorio y evita el contacto visual. Estoy acostumbrado a la timidez inicial, los guardapolvos blancos suelen intimidar a los pacientes que vienen por primera vez.
Reviso la ficha y veo que su casa está a muchos kilómetros, quizás eso explique su repliegue. Le indico que se siente. Se aferra a su cartera y mira al piso.
—Veo que viene desde muy lejos, ¿qué la trae a la consulta?
Me clava la mirada, casi me domina.
—¿Usted se apellida Salvatierra porque fue adoptado por Pablo y Elena Salvatierra hace unos 25 años?
—Sí —le respondo impactado—. ¿Por qué me pregunta eso? ¿Conocía a mis padres?
—Conocí a Elena. Ella me buscó hace un tiempo.
De pronto comienzo a sentir una profunda hostilidad hacia esa mujer con aires de misteriosa.
—Hay mucha gente esperando, señora, ¿por qué vino a verme?
—Fue un gran sacrificio llegar hasta acá. Junté plata durante un mes para comprar el pasaje. Quería verte de cerca, eso es todo.
—Sigo sin entender para qué vino, señora. ¿Está enferma?
—Sí, pero no vine por eso.
Mi hostilidad crece. Mis dedos comienzan a repiquetear sobre el escritorio. Me estiro en mi silla reclinable y le clavo la mirada.
—Le repito que tengo poco tiempo. Por favor, déjese de rodeos, esta no es la novela de la tarde.
—Sé que tu abuela fue a verte al orfanato, cuando tenías 13. Después se enteró de que te habían adoptado y me lo dijo. Hacía años que no me hablaba, pero rompió el silencio para contarme que te había adoptado gente de buena posición.
Las palabras de esa mujer que parece acabada me llevan a aquella tarde: la emoción, el sabor del chicle que me había regalado esa mujer que dijo ser mi abuela, la desilusión. También recordé la sombra de rencor que se apoderó de mí por mucho tiempo, y que reviví cada domingo sin visitas.
—No quiero escuchar nada más. Le repito, estoy muy ocupado y…
—Dejame terminar, por favor. Escuchame y después, si querés, me echás a patadas.
Dejo de repiquetear mis dedos porque tiemblan. Sé lo que va a decir.
—No quiero seguir escuchando —me escucho decirle.
—Elena me buscó porque soy tu mamá, no sé realmente cómo me encontró —se apura a confesar—. Ella quería que vos y yo… que yo… No sé bien qué quería, pero me asusté y le dije que me dejara en paz. Ella me dijo cómo encontrarte, por si cambiaba de opinión. Ahora estoy arrepentida, por eso vine.
La miro. No logro hablar pero no puedo dejar de mirarla. No es cálida, no es agradable, no huele bien. No es tentador abrazarla ni acercarse. Ni siquiera es mi mamá, porque jamás me acarició con esas manos resecas, de lija. Además, cabe la posibilidad de que no sea la hija de aquella mujer, que esté inventando esta historia quién sabe para qué.
—Lamento que haya viajado tanto para decirme esto, porque nada va a cambiar. Si viene a buscar mi perdón, ya lo tiene. Pero no puedo darle más que eso.
—Con eso me alcanza —dice con la cara iluminada—. Se nota que tuviste una buena crianza, cuánto me alegro. Tus hermanos no tuvieron la misma suerte.
—¿Hermanos? —de pronto siento curiosidad—.
La mujer se endereza en el asiento, parece otra.
—Sí, cuatro hermanos. Cuando naciste vos, yo tenía 16 años. No entendía nada, no sabía que hacer, no tenía estudios. Mi propia madre me abandonó a mi suerte. De tu papá no supe más nada. Ni rastros. Pero después de unos años me casé con un buen hombre, Miguel, y tuve cuatro hijos más. Miguel murió hace muy poco, dos meses. Eso me puso triste.
Estoy ahora parado junto a ella, la siento cerca y sé que este encuentro es una enseñanza para los dos. La veo pariendo a los 16, en un ambiente frío, sin que a nadie le importe realmente, sin que nadie espere la noticia. Y entonces siento compasión, por los dos, pero más por ella. Le paso la mano por el pelo.
—Lamento que las cosas hayan sido así, señora.
Ella aprovecha mi acercamiento y se aferra a mi cintura. El abrazo dura poco pero nos deja en suspenso a los dos. No estoy muy seguro de hacer lo correcto, dudo, pero la compasión me gana.
—Gracias, doctorcito, por no echarme a patadas.
—De nada. Ahora le pido que me deje seguir atendiendo. Estoy abrumado y hay muchos pacientes afuera. Ya tengo sus datos en la ficha. No le prometo un llamado pronto, pero quizás… más adelante…
—Sí, como vos digas, doctor.
La acompaño a la puerta y tengo ansiedad por cerrarla y quedarme a solas. Quiero llamar a Paula, contarle la última hazaña de mi querida Elena: reunirme con mi madre biológica. Pero antes de que cierre la puerta, la mujer interpone su mano huesuda y me detiene. Su mirada se enturbia, parece apabullada.
—Una cosa más, la última.
Me resigno y suspiro.
—Pase, la escucho. Hable bajo, por favor, el consultorio está lleno.
Dejo la puerta entreabierta.
—Sé que tuviste vida de ricos, que estudiaste, que ahora sos alguien —me dice casi susurrando en mi oído, sin mirarme—. Con tus hermanos a veces pasamos hambre, sobre todo ahora que quedaron huérfanos de padre. No siempre hay changas para los mayores, y los menores tienen que ir al colegio. ¿Me entendés?
Realmente trataba de no entenderla, de no enterarme. Levanto los hombros.
—Digo… —insiste—. Después de todo, te hice un favor, ¿no? Vos tuviste todo y ellos no tienen nada. Por eso pensé que podrías darme algo para tus hermanos, una ayudita, hasta que me acomode.
Puedo echarla a los empujones, maldecirla, ignorar lo que me acaba de decir. Ni siquiera sé si esos hermanos son reales. Pero no lo hago. Al menos sé a qué vino, y eso me tranquiliza. Sin decirle una palabra, abro un cajón de mi escritorio y saco un fajo de billetes.
—Agarre esto y no vuelva más. No quiero volver a saber de usted.
—Sí, doctor, lo que digas, no te molesto más. Gracias, y no creas que soy mala, es que estoy desesperada. Mis hijos…
No la escucho más. Mis oídos zumban, las piernas se me aflojan. Casi la empujo hasta la puerta y cierro. Realmente no puedo escuchar más su tono de voz lastimero.
Me tomo unos minutos y respiro hondo. Afuera, empiezan los murmullos de fastidio. Esa gente ya no puede seguir esperando. Hago un bollo con la ficha de esa mujer y la tiro a la basura. Agarro la siguiente y abro la puerta.
—Fontán. Sergio Fontán —llamo.
—Hola, doctor, ¿cómo está?
—Entero, don Sergio. ¿Y usted?

1 comentario:

  1. HALO


    El olor de la casa tiene la alquimia de tu piel.
    Entre tu cintura y tus caderas
    sobresale un ánfora.
    Ríes sin que te alcance a oír
    y esa alegría debe ser jardín saturado
    o mar descompuesto.

    Cada amor gozado
    es una hazaña irrepetible.

    Tu recuerdo es esta luz que no flaquea.

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