viernes, 1 de abril de 2011

Más acá (parte 12)


Desde la cocina llegan ruidos de cacerolas y platos, de puertas que se abren y se cierran. En el comedor alguien está tratando de correr el piano, y Paula dirige el tránsito de los hombres que suben y bajan con cajas embaladas, que tiran de cuerdas a través de la ventana, que se hablan a los gritos y en medio de risotadas. Yo estoy ahí, inútil, definitivamente lejos.
Sé que es infantil de mi parte, pero comienzo a sentir un profundo resentimiento hacia esos hombres que manipulan con desdén los objetos
que mis padren acumularon a lo largo de toda una vida: el sillón con la mancha de vino, el cuadro de un atardecer en Roma que los enamoró en una subasta, los infinitos portarretratos de todos los colores y tamaños, las botellitas de licor, las copas pintadas a mano. Veo cómo uno de los hombres arrastra una caja llena de libros y tengo unas ganas irrefrenables de levantar las manos y gritar “Basta, paren todo”. Pero no puedo. Todo sucedió tan rápido que casi no lo creo: la irremediable muerte de mi madre, la inmediata venta de la casa, y ahora la mudanza para entregar las llaves a los nuevos dueños, que están en camino.
Entro por impulso a la habitación de mis padres y me paro frente al placard. Al abrir las puertas, la angustia definitivamente se empapa del olor a naftalina. Alguien golpea la puerta y pide permiso para entrar.
—Los muebles ya se los llevaron —digo sin abrir—. De la ropa me encargo yo.
—Como quiera —contestan del otro lado—. Le dejo unas bolsas grandes, son resistentes.
Resistentes a qué, me pregunto, pero no lo digo en voz alta. Toco con la yema de los dedos las camisas con puntilla, los sacos de lana, las chalinas multicolores impregnadas de perfumes de estación. Cada aroma me trae un gesto de mi madre, su sonrisa franca, su enojo inquieto. Me quedo con cada una de esas sensaciones mientras echo la ropa en las bolsas tratando de no prestar demasiada atención a la ceremonia que estoy llevando a cabo.
Antes de cerrar la puerta del placard vacío, veo un sobre pegado a la pared que esperaba escondido detrás del perchero repleto. Dice “A Juan Ignacio”. Casi no me animo a liberarlo de la cinta que lo sujeta, me cuesta respirar al adivinar las palabras de mi madre, al pensar que mi impulso de ocuparme del placard me llevó hasta esa carta, al concluir en medio de una confusa emoción que ella dejó eso ahí PARA MÍ, para reencontrarse conmigo.
Las manos me tiemblan a pesar de mi pulso de cirujano. Abro el sobre como puedo y leo en un papel plegado:

                             Para cuando me olvide.

Pienso con ternura en ella, una mujer tan lúcida como para predecir su demencia. Abro el papel y me siento en el suelo. La letra es temblorosa pero legible.

Querido Juan Ignacio:
Hace días que no me siento la misma. Ni siquiera estoy segura de qué quiero escribirte. Pero algo me dice que pronto no voy a poder hacerlo, hijo mío, y por eso dejo en este papel las pocas palabras lúcidas que me quedan, antes de que se me acaben todas.
Hay momentos del día en que el blanco se mete en mi cabeza. Quiero decir algo, y todo es blanco. Quiero pensar algo, y todo es blanco. Me hablan los vecinos y solo pienso en cosas blancas. A veces pienso en llamarte para explicarte lo que siento y no recuerdo tu número, o dónde está la libreta, o dónde está tu papá para preguntarle. Entonces lo llamo, una y otra vez, a los gritos, y después me acuerdo de que no está, y claro, dejo de llamarlo, pero empiezan los pensamientos blancos, y el miedo.
Yo sé que él murió, pero de a ratos me olvido. ¿Es la tristeza que me engaña? ¿La tristeza es blanca y te consume de a poco? Hay días en que me miro al espejo y me parece que esos ojos que me miran no son míos. Que esa que me mira es peligrosa, y me aleja de todo lo que quiero.Por eso te dejo esta carta, Juan Ignacio. Adoptarte fue la mejor decisión que tomé en mi vida y mi mayor temor es que pronto voy a olvidar eso también.
Para cuando ya no pueda explicarte, para cuando el blanco se haya apoderado de mi vida, dejo este testimonio escondido, porque quiero que únicamente llegue a tus manos. Ojalá seas vos el que lea esto, ojalá sepas cuánto te amo.

Pliego de nuevo la carta y la guardo en mi bolsillo. Escucho el timbre de calle y los pasos impacientes que van y vienen con las últimas cajas. Los nuevos dueños esperan en la sala y Paula me llama desde el pasillo.
Abro la puerta y atravieso el comedor sin mirar atrás. Ya no me impacienta la casa vaciada de mis padres. Ellos me amaron y ahora sé que tengo a las palabras de mi madre conmigo.

4 comentarios:

  1. MUy bello, muy emotivo. La carta y ese avance del blanco, que no le deja ni firmarla con su nombre es bellísima. Tiempos robados al trabajo ¡Y qué tiempos!

    ResponderEliminar
  2. Qué buena parte, Andre. El encuentro con la letra de quien ya no está, esa forma de enfrentar el olvido. Me alegro de que hayas vuelto con tu escritura.

    ResponderEliminar
  3. Hermoso, conmovedor, profundo. Idílico. Una carta de la cual aferrarse y a la que se puede recurrir a destajo es lo mas lejano a la muerte. Casi envidio a Juan Ignacio.
    Preciosos personajes preciosamente escritos.
    Un beso grande y emotivo.

    ResponderEliminar