lunes, 1 de noviembre de 2010

Más acá (parte 11)

Estoy ahora frente al portón de entrada de la desolada casa amarilla que alberga la desolación de mi madre adoptiva. Apenas abren el portón, siento el olor a sopa. Subo la escalinata de mármol blanco, que ya perdió la elegancia, y me paro frente a la habitación 23.
Me cuesta tocar, pero mis nudillos lo hacen por mí. Entro sin esperar respuesta y miro anestesiado a la mujer extraña que me recibe y me abraza. Apenas pasaron dos años desde la muerte de Salvatierra, pero para esta mujer canosa y descuidada que me mira con ojos que no son suyos, pasaron siglos, eternidades (al principio su demencia dio pequeñas pistas –llamadas de madrugada, compras innecesarias, pequeñas hostilidades incomprensibles–, hasta que un vecino alarmado nos avisó que bailaba en los corredores del edificio y tocaba timbres para que todos participaran de la fiesta).
—¿Dónde está papá? —me pregunta esa ajena que se robó la expresión de mi madre.
Suspiro. Siento pereza de participar semana tras semana en el mismo diálogo circular. Yo tengo que preguntarle entonces, porque nunca estoy seguro, “¿Mi papá o tu papá?”, y ella a veces me responde “El mío”, y otras, “El tuyo”. Y aunque los dos están muertos y la aclaración no vale la pena, hoy también se lo pregunto, porque eso me da la ilusión (y supongo que a ella algo de ilusión le queda) de qué podemos hablar de algo, conectarnos.
—¿El mío o el tuyo? —digo como si fuera la primera vez que dudo.
—El mío, ¿cuál va a ser?
—Murió, ¿te acordás? Hace mucho.
—Ah, no me acordaba. ¿Y el tuyo?
—También.
—Pobre hijo, ¿estás triste?
—Cada vez menos, mamá, pero todavía duele.
Las dos últimas frases, fuera de libreto, la sacan por un momento de la nada que la rodea. Me doy cuenta porque me clava la mirada, y en este momento me parece la suya. Me entusiasmo y le tomo la mano, quiero aprovechar ese brillo nuevo en las pupilas para decirle que no está sola, que me apena verla tan triste, que extraño su compasión, que Pablo está enorme y pregunta por ella, que Paula es esa mujer que le pinta las uñas y la ayuda a enhebrar collares. Pero la puerta se abre sin aviso y entra una enfermera inmensa e invasora con un plato hondo colmado y humeante y deja que el olor a sopa invada toda nuestra intimidad. Mi madre se agazapa. La conexión terminó, definitivamente.
—Abuelita, es hora de almorzar —casi grita la enfermera con falso entusiasmo.
Sé que no es con ella que estoy enojado, sé que esa mujer de blanco no tiene la menor idea de que interrumpió un momento que seguramente fue inventado por mí para no sentirme tan solo en ese cuarto. Y a pesar de eso, no puedo evitar mirarla con una furia declarada.
—Perdone, doctor, pero tengo que darle de comer a la abuelita.
Y lo que pretende ser una disculpa acciona en mí el mecanismo de la intolerancia.
—Ella no es tu abuelita —contesto con la certeza de que voy a arrepentirme—, ni yo soy tu doctor. Ella se llama Ana y fue una mujer increíble. Esta mujer podría haber vivido una vida cómoda, despreocupada, y sin embargo me adoptó a los 14 años. Además hizo lo imposible, siempre, para que chicos huérfanos como yo encontraran un hogar adecuado, porque no podía adoptarlos a todos. No es justo que esté acá, ni es justo que le hables como si fuera un bebé. Te pido que de ahora en adelante la llames por su nombre. Es lo único verdadero que le queda.
La enfermera disimula la angustia y el asombro por mi perorata, y sostiene como puede la bandeja a pesar de que sus manos comienzan a temblar. Cuando reacciona, susurra que se olvidó el salero o algo por el estilo y corre hacia la puerta. Puedo escuchar su llanto conmovido en el pasillo, el alboroto de enfermeras que preguntan qué pasó, que ofrecen agua, que la consuelan en voz baja.
Beso a mi madre en la frente y salgo de la habitación con apuro. El olor a sopa me sigue, me ahoga, verdaderamente necesito salir de ese lugar. Decido que en la próxima visita le pediré disculpas a la enfermera. Quizás compre bombones o me anime a traer a Pablo para que su risotada de bebé altere la quietud de mi madre ausente. Pero eso será la próxima. Hoy solo tengo fuerzas para irme en silencio. Comprendo ahora que el enojo no se lleva bien con las palabras.

1 comentario:

  1. Este enojo no se lleva bien con otras palabras, con las tuyas sí. Besos, M

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