martes, 20 de julio de 2010

Más acá (parte 10)

Los rulos saltan al compás de sus saltitos de canguro. Toda su cara se ríe, las mangas raspan los labios chocolatados y el futuro de la remera queda en manos de la eficacia del quitamanchas.
Estoy ahora a su lado, rodeado de muñecos, autitos incompletos, libros con hojas sueltas. El universo de mi hijo ocupa mucho espacio, y esta tarde yo me acomodo donde puedo porque Paula salió y tengo que cuidarlo mientras completo historias clínicas atrasadas. No puede ser tan difícil.
Pronto averiguo lo difícil que es: Pablito no quiere que yo fije mi atención en los papeles; me pide agua, me pide pis, me pide galletas, me pide un juego, me pide que lo guarde, me pide otro, me pide un cuento, me pide otro, me pide upa, me pide caramelos, me pide más, y después de todo eso, llora, porque no sabe qué pedirme. Lo consuelo, le hablo de la luna, de un viaje que haremos pronto, a la playa, le ofrezco un papel para dibujar. Pablo se entusiasma, dice que es un doctor y que escribirá recetas, festejo su ocurrencia. Garabatea un rato mientras yo vuelvo rápido a mis historias clínicas.
Pero la armonía no dura mucho tiempo. Se acuerda de un trencito guardado en el sótano. Lo quiere, lo quiere y lo quiere. Le explico que no es un buen momento, que estoy ocupado. “Quizás cuando vuelva mami”, le digo, consciente de que Paula se negará rotundamente a sacar juguetes viejos de una caja llena de polvo.
El llanto empieza tibio y se convierte en trueno; ensordece, aturde, me anula. Es imposible pensar en historias clínicas (es imposible pensar, a secas). Estoy por pegar un grito pero me contengo, de pronto se vuelve evidente: lo único que quiere es estar conmigo.
Abrazo a Pablo y le ofrezco bajar al sótano. “Busquemos ese tren juntos”, le propongo. Con la manga limpia se refriega la nariz mocosa (la remera definitivamente tendrá que enfrentar al quitamanchas), estira los brazos hacia mí, me alegra el alma.
Después de la travesía al sótano, Pablo arrastra el tren por el piso lustrado (no creo que Paula esté de acuerdo con eso) y yo por fin vuelvo a mis historias clínicas. De a ratos levanto la mirada y me deleito con sus carreras torpes por el comedor, con su tren que se convirtió de pronto en volador y lleva a sus muñecos en un viaje gratis a la luna.
Estoy por dejar los papeles para después y sumarme al viaje en tren cuando el timbre del teléfono interrumpe la tarde padre-hijo.
Levanto el auricular a desgano, digo un “hola” frío, apenas audible. Lo que escucho me deja en suspenso, no logro contestar, me paso la mano derecha por el pelo. En la puerta, el ruido de las llaves me rescata; reacciono, contesto “Voy para allá” y cuelgo.
Paula vuelve feliz de su tarde al aire libre, trae paquetes, bolsas, un vino blanco para mí, pantuflas nuevas para Pablo. Trae tanta alegría que lamento tener que darle la noticia. De todas maneras, me mira a los ojos y ya sabe qué pasó algo.
—Es mi papá –contesto en voz baja a su pregunta no formulada–, murió mientras dormía.
Busco mi saco, mi bufanda, las llaves del auto. Abro la puerta y lanzo una mirada a Pablito que llora porque me voy y a Paula que lo abraza con ternura. Me gustaría quedarme ahí, con ellos. Me gustaría ponerme a llorar y que Paula me abrace y me consuele. Pero tengo que ir junto a mi padre, y velar por él.

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