miércoles, 9 de junio de 2010

Más aca (parte 9)

Lo veo ahora en la cama, los ojos apenas atentos al entorno, una sonrisa debilitada, esforzada, asomando por las comisuras secas.
—Hace días que no habla –me dice ella, apoyada como las divas lánguidas en el marco de la puerta–. No es justo lo que hace, todos sufrimos.
Sé ahora que el sufrimiento de todos tendrá sentido, que la fortaleza vendrá después, en tiempos de calma. Miro a mi madre adoptiva e intento explicarle con los ojos; le pido sin palabras una tregua para ese gigante derrumbado que ha caído de golpe sobre todos nosotros.
Salvatierra resguarda su silencio como el último lugar de poder que le queda desde su convalecencia. Quiere hacerse oír, y no encuentra otra manera, postrado como está en una cama perfumada hasta lo insoportable. Su trinchera es la negativa a mirarnos, a compartir con nosotros su dolor. Espera impávido, como cada tarde desde hace días, que nos cansemos de preguntar y apaguemos el velador para dejarlo a solas en su película muda.
Cuando por fin lo logra, cuando cerramos la puerta del dormitorio, la que se derrumba es mi madre. No llora, porque no tiene las fuerzas suficientes, pero su voz de espejo se quiebra.
—No-doy-más, hijo, no-doy-más.
Ella mastica las palabras, yo asiento con la cabeza pero ya me fui. Pienso que ya es tarde, que todavía tengo que visitar a un paciente y luego correr a casa para la ceremonia del baño tibio de Pablo, llena de juguetes y carcajadas, tan reparadora.
Reacciono ante la mirada interrogante de mi madre y la abrazo. Le repito, como cada tarde desde hace días, que entiendo su dolor pero no comprendo su amor tan egoísta. Todo lo que quiere Salvatierra es contratar una enfermera porque no soporta ver a su esposa convertida en cuidadora experta, en una testigo de su miseria íntima, inconfesable, tan propia que sólo puede compartirla con un perfecto extraño.
Pero, como cada tarde desde hace días, mi madre no lo entiende y comienza con su discurso de mujer que-todo-lo-puede, con su palabrerío de nadie-puede-hacerlo-mejor que-yo. Por momentos, me disperso; en otros, no la reconozco.
Estoy por irme (quiero irme), y busco excusas para acortar la visita cada vez más corta, cada vez más ligada a mi papel de médico: ver resultados de estudios, cotejar con el médico de la familia los pasos a seguir, proveer una lista interminable de calmantes, jeringas, gasas… (Ahora sí lo sé: uno debe hacerse cargo de los pesares que arrastra, acomodarlos, ponerles nombre, acariciarlos, dejarlos que duelan hasta que el dolor termine, y luego, nos liberarán como agradecimiento por la aceptación.)
Busco mi maletín y me dirijo a la puerta, mi madre me sigue mientras me saca pelusas interminables del sobretodo. Pero antes del “hasta mañana” me detengo con la mano enguantada sobre el picaporte: descubro que simplemente no pueden solos, que en algún momento dejaron de cuidarme para pedirme que los cuide, y que hasta ahora no escuché ese pedido mudo, tan ensordecedor.
Vuelvo sobre mis pasos y mi madre me sigue con ruido de chancletas.
—¿Te olvidaste algo?
Entro a la habitación de Salvatierra y enciendo la luz sin pedirle permiso. Le ruego que se incorpore, que me escuche.
—Esto es lo que vamos a hacer: mañana voy a mandar a dos enfermeras del hospital para que las entrevisten y elijan una. Puede incluso pasar algunas noches acá, hay habitaciones vacías. Así, los dos van a estar más aliviados.
Mi padre se incorpora y sonríe, cómplice. Le guiño un ojo y freno la queja de mi madre con un gesto de autoridad.
—Sé lo que vas a decir, mamá, pero si esto se somete a votación, somos dos contra uno.
Ella nos mira sorprendida, atontada ante la inesperada alianza entre un mudo y un evasivo. Hace el último intento de disuadir a su hombre.
—Pablo, yo quiero cuidarte. Sabés que no confío en nadie más.
Salvatierra se sienta en la cama por primera vez en días, y se calza los anteojos.
—Yo agradezco tus cuidados y tu sacrificio, de verdad, pero prefiero conservar mi dignidad. Juan Ignacio acaba de entenderlo y me rescató en el momento justo. Estamos a mano, hijo, estamos a mano.

No hay comentarios:

Publicar un comentario