jueves, 22 de abril de 2010

Más acá (parte 8)

En la habitación de Paula hay un festejo organizado por su familia numerosa: tías y cuñados que se agolpan y murmuran, que dan palmadas y obsequian globos, flores, baberos y bombones. Mis suegros cuentan una y otra vez las peripecias del parto y el gran parecido de nuestro hijo con un tío abuelo paterno que, sentado junto a la ventana, parece haber olvidado por qué vino. Todos se acercan a comentarle el notorio parecido del sobrino nieto, y él, que no escucha, asiente con la cabeza sin demasiada convicción. Pienso que en este momento el tío abuelo debería dar gracias por su sordera, porque en la habitación hay mucho ruido, y yo no puedo acomodar ni las ideas ni las emociones en medio de tanta gente. Ahora sé que estoy atravesando este momento para aprender a recobrar la calma, para centrarme en el ritmo de mi respiración y dominar el dolor de estómago que se apodera de mí en momentos vertiginosos como éste.
Salgo de la habitación y me siento a salvo cuando veo llegar a mis salvadores, a mis queridos Salvatierra. Mi madre adoptiva me abraza y el dolor se calma; ella tiene la virtud de apaciguar mi mente. Mi padre adoptivo me da un apretón de manos, y yo guardo mi secreto para cuando estemos a solas; no puedo esperar para ver su cara.
Mi madre entra a la habitación a saludar a Paula, y me parece la ocasión perfecta para hablar con Salvatierra. Le pido que me acompañe a la nursery para conocer a su nieto. Avanzamos por el pasillo en silencio y lo miro de reojo; los años están dejando surcos en su cara. Sin embargo, cuando se asoma a la ventana vidriada parece rejuvenecer.
—¿Salió todo bien, muchacho? –me pregunta sin dejar de mirar el espectáculo de criaturas movedizas.
Le digo que sí con la cabeza, porque no me siento capaz de articular palabras. Le señalo cuál de todos es su nieto. Salvatierra sonríe, mira extasiado a ese montoncito blanco que sigue buscando la luz, incansable. Por un momento me olvido de todo al contemplar a ese viejo solemne con la palma de la mano apoyada contra al vidrio, como si quisiera acariciar a mi hijo a la distancia. Quiero hablarle pero la acumulación de recuerdos me lo impide: revivo el ruido seco de la bofetada que me dio el día que me pescó fumando a escondidas; los silenciosos paseos por el pueblo de su infancia, al que volvemos cada año; los gritos sordos de los dos en medio de la peor de las peleas; el abrazo comprensivo pero breve, como un perdón entre caballeros; el crujido de los billetes que aparecían en el bolsillo de mi pantalón como premio por las buenas notas en el secundario; el relato de sus propios recuerdos, que compartía y revivía conmigo con el café de la sobremesa.
—Se va a llamar Pablo, queremos que lleve tu nombre –digo apurado, interrumpiendo la cadena de imágenes en mi mente, porque de pronto se me ocurre que no puede ser de otra manera.
—Te agradezco tanto, hijo, este homenaje. Me emociona poder llamarlo Pablo. ¿Podré entrar y hacerle upa?
Lo miro sin entender. Esperaba una emoción reprimida, pero esta demostración abierta me sorprende. Sus ojos se empañan, sus manos tiemblan imperceptibles. Ahora me doy cuenta de que tiene algo para decirme.
—¿Pasa algo, papá?
Aunque no lo llamo papá muy seguido, no parece sorprenderse. Con la mirada fija en la cuna de su nieto, suelta su dolor y por primera vez en su vida pierde ante mí el gesto del hombre que todo lo puede.
—Estoy muy enfermo, Juan Ignacio. No se lo dije a nadie hasta ahora. Es un alivio saber que voy a dejar una huella.

2 comentarios:

  1. ¡Muy bueno! Ahora quiero seguir leyendo. También me gusta el cambio en el blog, Andre. Besos.

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  2. gracias Vale, espero poder seguir escribiendo pronto. La paradoja es que leer tanto a otros no me deja espacio para mis propias producciones. ¡Sabés bien de qué se trata!

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