miércoles, 17 de marzo de 2010

Más acá (parte 7)

Las piernas abiertas de Paula parecen una puerta hacia la vida, un umbral por dónde asomará ese cuerpo latente que puja por salir. Estoy ahora junto a su camilla, con sus manos frías y huesudas enredadas en las mías; tiene que pujar, una vez más, y aunque el dolor la agobia, la domina, luego ella vence y da el grito de triunfo. Le dicen que falta menos, uno más tal vez, y ese pececito tibio dejará el agua. Asume el dolor como un hada valerosa, sin despeinarse siquiera, sin flaqueza. Me enseña ahora, en este preciso momento en que una emoción nueva invade la sala de partos, que la vida es milagrosa, que el enigma mismo de la vida sigue siendo lo mejor que tenemos, incluso para un científico como yo, que tiene que ver para creer.
Comienza la ceremonia de bienvenida, la cabecita enmarañada ya está afuera, la partera alienta, la enfermera se dispone. Yo me siento espectador, casi inútil, en medio de la película de un parto. Paula saca su último pujo de las pocas fuerzas que le quedan, y su grito, profundo, femenino, atraviesa todos los ruidos de la sala. Todo parece detenerse, salir del tiempo, y de inmediato otro grito ocupa todos los espacios: el llanto de un ser nuevo, confundido y asustado.
Paula por fin afloja el gesto agarrotado de la cara; la partera se acerca y nos dice que todo salió bien y nos muestra esa carita que me hace espejo, un varoncito vivaracho que busca la luz. La cría tierna instintivamente se calma en el pecho de su madre, y ahora todo es silencio.
Paula me mira, como si recién se acordara de mi presencia, y me pide que me acerque.
—Sé que estuvimos de acuerdo en decidir el nombre juntos, más tarde, pero ahora que lo veo quiero que se llame como vos, Juan Ignacio.
—Estoy agradecido, Paula, profundamente –le contesto emocionado–, pero no quiero que mi hijo arrastre la historia de mi horfandad. Juan Ignacio es un nombre prestado, un nombre dado por lástima. Quiero algo mejor para él.
Paula, en su nuevo rol de madre protectora, me rodea el cuello con el brazo y acerca mi cabeza a la suya.
—Tenés razón, no lo había pensado. Entonces que se llame como tu papá, Pablo Salvatierra –me susurra al oído–, así es parte de tu nueva historia.
Abrazo a mi mujer y siento el calor de ese pichón latente. Es mi hijo, lo repito porque no entiendo demasiado: es mi hijo, mío, la única persona que hasta ahora lleva mi sangre y no va a abandonarme, al menos por un tiempo.

6 comentarios:

  1. se agradecen las onomatopeyas, prometo más...

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  2. Gracias María del Carmen, un gusto que hayas estado por aquí.

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  3. Me emocionaste, amiga! Qué bueno que puedas seguir haciéndote el tiempo para escribir!! Besos

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  4. gracias Mari, es casi tiempo robado al día... pero me da un placer inmenso el buen recibimiento!

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