miércoles, 8 de abril de 2015

El monstruo tejedor (publicado por Ríos de Tinta, ilustraciones de Rodrigo Folgueira)



Recién salido del horno, les presento un cuento que se irá por ahí, a pasear en papel. Es la historia de un monstruo que, cansado de dar miedo, decide no salir más a la calle. Gracias a Internet, descubre el mundo del tejido y aprende a hacer bufandas quitatemores. Pone en práctica así una particular manera de ayudarse a sí mismo y a los demás, al menos hasta que llegue el verano... 



lunes, 27 de junio de 2011

Más acá (parte 13)

En la salita de espera solo se oye el ínfimo ruido de las hojas de revista, que casi se desprenden al compás de húmedas yemas y dedos impacientes.
La secretaria, somnolienta, con los pies pegados al calefactor, transcribe recetas acurrucada en su escritorio. Después de varios meses de observarla, creo que estoy en condiciones de afirmar que le tiene miedo a los enfermos. Paradoja, si las hay, para la secretaria de un consultorio médico. Atiende rápido, distraída, y siempre hace las mismas preguntas y en el mismo orden:
—¿Nombre?
—¿Ya es paciente o es su primera visita?
—¿Dirección?
—¿Cuál es el motivo de su consulta?
—¿Trae algún estudio?
—Eso es todo. Tome asiento por favor, el doctor lo va a llamar por su apellido.
Se aterra ante el mínimo desvío en la conversación, ante la posibilidad de la charla. A mí, en realidad, también me tiene miedo, pero disimula para conservar el puesto.
Muchas mañanas pienso en cambiar de secretaria, en renovar el consultorio, en modernizarme a pesar de que la idea me inquieta… Pero apenas meto la llave en la cerradura y aspiro el olor a papel y alcohol… me siento en casa y decido dejar todo como está.
Algunas tardes Paula pasa como un torbellino y deja flores en los floreros, revistas nuevas en el revistero, abre las ventanas a pesar del frío, renueva el aire con sahumerios, adorna mi escritorio con alguna foto nueva de Pablo, desperdiga bombones en mis cajones y galletitas de maicena y café intenso en la alacena de la cocina. Esas tardes son fabulosas, sobre todo porque el perfume de Paula permanece cuando ella se va.
Hoy, a pesar del frío punzante, la salita está llena y las fichas de los pacientes se acumulan en la bandeja de mi escritorio. Tomo la primera de la pila y me asomo apenas por la puerta.
—Carnevale… Gladis Carnevale…
Una señora menuda, apagada, viene hacia mí. Entra al consultorio y evita el contacto visual. Estoy acostumbrado a la timidez inicial, los guardapolvos blancos suelen intimidar a los pacientes que vienen por primera vez.
Reviso la ficha y veo que su casa está a muchos kilómetros, quizás eso explique su repliegue. Le indico que se siente. Se aferra a su cartera y mira al piso.
—Veo que viene desde muy lejos, ¿qué la trae a la consulta?
Me clava la mirada, casi me domina.
—¿Usted se apellida Salvatierra porque fue adoptado por Pablo y Elena Salvatierra hace unos 25 años?
—Sí —le respondo impactado—. ¿Por qué me pregunta eso? ¿Conocía a mis padres?
—Conocí a Elena. Ella me buscó hace un tiempo.
De pronto comienzo a sentir una profunda hostilidad hacia esa mujer con aires de misteriosa.
—Hay mucha gente esperando, señora, ¿por qué vino a verme?
—Fue un gran sacrificio llegar hasta acá. Junté plata durante un mes para comprar el pasaje. Quería verte de cerca, eso es todo.
—Sigo sin entender para qué vino, señora. ¿Está enferma?
—Sí, pero no vine por eso.
Mi hostilidad crece. Mis dedos comienzan a repiquetear sobre el escritorio. Me estiro en mi silla reclinable y le clavo la mirada.
—Le repito que tengo poco tiempo. Por favor, déjese de rodeos, esta no es la novela de la tarde.
—Sé que tu abuela fue a verte al orfanato, cuando tenías 13. Después se enteró de que te habían adoptado y me lo dijo. Hacía años que no me hablaba, pero rompió el silencio para contarme que te había adoptado gente de buena posición.
Las palabras de esa mujer que parece acabada me llevan a aquella tarde: la emoción, el sabor del chicle que me había regalado esa mujer que dijo ser mi abuela, la desilusión. También recordé la sombra de rencor que se apoderó de mí por mucho tiempo, y que reviví cada domingo sin visitas.
—No quiero escuchar nada más. Le repito, estoy muy ocupado y…
—Dejame terminar, por favor. Escuchame y después, si querés, me echás a patadas.
Dejo de repiquetear mis dedos porque tiemblan. Sé lo que va a decir.
—No quiero seguir escuchando —me escucho decirle.
—Elena me buscó porque soy tu mamá, no sé realmente cómo me encontró —se apura a confesar—. Ella quería que vos y yo… que yo… No sé bien qué quería, pero me asusté y le dije que me dejara en paz. Ella me dijo cómo encontrarte, por si cambiaba de opinión. Ahora estoy arrepentida, por eso vine.
La miro. No logro hablar pero no puedo dejar de mirarla. No es cálida, no es agradable, no huele bien. No es tentador abrazarla ni acercarse. Ni siquiera es mi mamá, porque jamás me acarició con esas manos resecas, de lija. Además, cabe la posibilidad de que no sea la hija de aquella mujer, que esté inventando esta historia quién sabe para qué.
—Lamento que haya viajado tanto para decirme esto, porque nada va a cambiar. Si viene a buscar mi perdón, ya lo tiene. Pero no puedo darle más que eso.
—Con eso me alcanza —dice con la cara iluminada—. Se nota que tuviste una buena crianza, cuánto me alegro. Tus hermanos no tuvieron la misma suerte.
—¿Hermanos? —de pronto siento curiosidad—.
La mujer se endereza en el asiento, parece otra.
—Sí, cuatro hermanos. Cuando naciste vos, yo tenía 16 años. No entendía nada, no sabía que hacer, no tenía estudios. Mi propia madre me abandonó a mi suerte. De tu papá no supe más nada. Ni rastros. Pero después de unos años me casé con un buen hombre, Miguel, y tuve cuatro hijos más. Miguel murió hace muy poco, dos meses. Eso me puso triste.
Estoy ahora parado junto a ella, la siento cerca y sé que este encuentro es una enseñanza para los dos. La veo pariendo a los 16, en un ambiente frío, sin que a nadie le importe realmente, sin que nadie espere la noticia. Y entonces siento compasión, por los dos, pero más por ella. Le paso la mano por el pelo.
—Lamento que las cosas hayan sido así, señora.
Ella aprovecha mi acercamiento y se aferra a mi cintura. El abrazo dura poco pero nos deja en suspenso a los dos. No estoy muy seguro de hacer lo correcto, dudo, pero la compasión me gana.
—Gracias, doctorcito, por no echarme a patadas.
—De nada. Ahora le pido que me deje seguir atendiendo. Estoy abrumado y hay muchos pacientes afuera. Ya tengo sus datos en la ficha. No le prometo un llamado pronto, pero quizás… más adelante…
—Sí, como vos digas, doctor.
La acompaño a la puerta y tengo ansiedad por cerrarla y quedarme a solas. Quiero llamar a Paula, contarle la última hazaña de mi querida Elena: reunirme con mi madre biológica. Pero antes de que cierre la puerta, la mujer interpone su mano huesuda y me detiene. Su mirada se enturbia, parece apabullada.
—Una cosa más, la última.
Me resigno y suspiro.
—Pase, la escucho. Hable bajo, por favor, el consultorio está lleno.
Dejo la puerta entreabierta.
—Sé que tuviste vida de ricos, que estudiaste, que ahora sos alguien —me dice casi susurrando en mi oído, sin mirarme—. Con tus hermanos a veces pasamos hambre, sobre todo ahora que quedaron huérfanos de padre. No siempre hay changas para los mayores, y los menores tienen que ir al colegio. ¿Me entendés?
Realmente trataba de no entenderla, de no enterarme. Levanto los hombros.
—Digo… —insiste—. Después de todo, te hice un favor, ¿no? Vos tuviste todo y ellos no tienen nada. Por eso pensé que podrías darme algo para tus hermanos, una ayudita, hasta que me acomode.
Puedo echarla a los empujones, maldecirla, ignorar lo que me acaba de decir. Ni siquiera sé si esos hermanos son reales. Pero no lo hago. Al menos sé a qué vino, y eso me tranquiliza. Sin decirle una palabra, abro un cajón de mi escritorio y saco un fajo de billetes.
—Agarre esto y no vuelva más. No quiero volver a saber de usted.
—Sí, doctor, lo que digas, no te molesto más. Gracias, y no creas que soy mala, es que estoy desesperada. Mis hijos…
No la escucho más. Mis oídos zumban, las piernas se me aflojan. Casi la empujo hasta la puerta y cierro. Realmente no puedo escuchar más su tono de voz lastimero.
Me tomo unos minutos y respiro hondo. Afuera, empiezan los murmullos de fastidio. Esa gente ya no puede seguir esperando. Hago un bollo con la ficha de esa mujer y la tiro a la basura. Agarro la siguiente y abro la puerta.
—Fontán. Sergio Fontán —llamo.
—Hola, doctor, ¿cómo está?
—Entero, don Sergio. ¿Y usted?

viernes, 1 de abril de 2011

Más acá (parte 12)


Desde la cocina llegan ruidos de cacerolas y platos, de puertas que se abren y se cierran. En el comedor alguien está tratando de correr el piano, y Paula dirige el tránsito de los hombres que suben y bajan con cajas embaladas, que tiran de cuerdas a través de la ventana, que se hablan a los gritos y en medio de risotadas. Yo estoy ahí, inútil, definitivamente lejos.
Sé que es infantil de mi parte, pero comienzo a sentir un profundo resentimiento hacia esos hombres que manipulan con desdén los objetos
que mis padren acumularon a lo largo de toda una vida: el sillón con la mancha de vino, el cuadro de un atardecer en Roma que los enamoró en una subasta, los infinitos portarretratos de todos los colores y tamaños, las botellitas de licor, las copas pintadas a mano. Veo cómo uno de los hombres arrastra una caja llena de libros y tengo unas ganas irrefrenables de levantar las manos y gritar “Basta, paren todo”. Pero no puedo. Todo sucedió tan rápido que casi no lo creo: la irremediable muerte de mi madre, la inmediata venta de la casa, y ahora la mudanza para entregar las llaves a los nuevos dueños, que están en camino.
Entro por impulso a la habitación de mis padres y me paro frente al placard. Al abrir las puertas, la angustia definitivamente se empapa del olor a naftalina. Alguien golpea la puerta y pide permiso para entrar.
—Los muebles ya se los llevaron —digo sin abrir—. De la ropa me encargo yo.
—Como quiera —contestan del otro lado—. Le dejo unas bolsas grandes, son resistentes.
Resistentes a qué, me pregunto, pero no lo digo en voz alta. Toco con la yema de los dedos las camisas con puntilla, los sacos de lana, las chalinas multicolores impregnadas de perfumes de estación. Cada aroma me trae un gesto de mi madre, su sonrisa franca, su enojo inquieto. Me quedo con cada una de esas sensaciones mientras echo la ropa en las bolsas tratando de no prestar demasiada atención a la ceremonia que estoy llevando a cabo.
Antes de cerrar la puerta del placard vacío, veo un sobre pegado a la pared que esperaba escondido detrás del perchero repleto. Dice “A Juan Ignacio”. Casi no me animo a liberarlo de la cinta que lo sujeta, me cuesta respirar al adivinar las palabras de mi madre, al pensar que mi impulso de ocuparme del placard me llevó hasta esa carta, al concluir en medio de una confusa emoción que ella dejó eso ahí PARA MÍ, para reencontrarse conmigo.
Las manos me tiemblan a pesar de mi pulso de cirujano. Abro el sobre como puedo y leo en un papel plegado:

                             Para cuando me olvide.

Pienso con ternura en ella, una mujer tan lúcida como para predecir su demencia. Abro el papel y me siento en el suelo. La letra es temblorosa pero legible.

Querido Juan Ignacio:
Hace días que no me siento la misma. Ni siquiera estoy segura de qué quiero escribirte. Pero algo me dice que pronto no voy a poder hacerlo, hijo mío, y por eso dejo en este papel las pocas palabras lúcidas que me quedan, antes de que se me acaben todas.
Hay momentos del día en que el blanco se mete en mi cabeza. Quiero decir algo, y todo es blanco. Quiero pensar algo, y todo es blanco. Me hablan los vecinos y solo pienso en cosas blancas. A veces pienso en llamarte para explicarte lo que siento y no recuerdo tu número, o dónde está la libreta, o dónde está tu papá para preguntarle. Entonces lo llamo, una y otra vez, a los gritos, y después me acuerdo de que no está, y claro, dejo de llamarlo, pero empiezan los pensamientos blancos, y el miedo.
Yo sé que él murió, pero de a ratos me olvido. ¿Es la tristeza que me engaña? ¿La tristeza es blanca y te consume de a poco? Hay días en que me miro al espejo y me parece que esos ojos que me miran no son míos. Que esa que me mira es peligrosa, y me aleja de todo lo que quiero.Por eso te dejo esta carta, Juan Ignacio. Adoptarte fue la mejor decisión que tomé en mi vida y mi mayor temor es que pronto voy a olvidar eso también.
Para cuando ya no pueda explicarte, para cuando el blanco se haya apoderado de mi vida, dejo este testimonio escondido, porque quiero que únicamente llegue a tus manos. Ojalá seas vos el que lea esto, ojalá sepas cuánto te amo.

Pliego de nuevo la carta y la guardo en mi bolsillo. Escucho el timbre de calle y los pasos impacientes que van y vienen con las últimas cajas. Los nuevos dueños esperan en la sala y Paula me llama desde el pasillo.
Abro la puerta y atravieso el comedor sin mirar atrás. Ya no me impacienta la casa vaciada de mis padres. Ellos me amaron y ahora sé que tengo a las palabras de mi madre conmigo.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Más acá (parte 11)

Estoy ahora frente al portón de entrada de la desolada casa amarilla que alberga la desolación de mi madre adoptiva. Apenas abren el portón, siento el olor a sopa. Subo la escalinata de mármol blanco, que ya perdió la elegancia, y me paro frente a la habitación 23.
Me cuesta tocar, pero mis nudillos lo hacen por mí. Entro sin esperar respuesta y miro anestesiado a la mujer extraña que me recibe y me abraza. Apenas pasaron dos años desde la muerte de Salvatierra, pero para esta mujer canosa y descuidada que me mira con ojos que no son suyos, pasaron siglos, eternidades (al principio su demencia dio pequeñas pistas –llamadas de madrugada, compras innecesarias, pequeñas hostilidades incomprensibles–, hasta que un vecino alarmado nos avisó que bailaba en los corredores del edificio y tocaba timbres para que todos participaran de la fiesta).
—¿Dónde está papá? —me pregunta esa ajena que se robó la expresión de mi madre.
Suspiro. Siento pereza de participar semana tras semana en el mismo diálogo circular. Yo tengo que preguntarle entonces, porque nunca estoy seguro, “¿Mi papá o tu papá?”, y ella a veces me responde “El mío”, y otras, “El tuyo”. Y aunque los dos están muertos y la aclaración no vale la pena, hoy también se lo pregunto, porque eso me da la ilusión (y supongo que a ella algo de ilusión le queda) de qué podemos hablar de algo, conectarnos.
—¿El mío o el tuyo? —digo como si fuera la primera vez que dudo.
—El mío, ¿cuál va a ser?
—Murió, ¿te acordás? Hace mucho.
—Ah, no me acordaba. ¿Y el tuyo?
—También.
—Pobre hijo, ¿estás triste?
—Cada vez menos, mamá, pero todavía duele.
Las dos últimas frases, fuera de libreto, la sacan por un momento de la nada que la rodea. Me doy cuenta porque me clava la mirada, y en este momento me parece la suya. Me entusiasmo y le tomo la mano, quiero aprovechar ese brillo nuevo en las pupilas para decirle que no está sola, que me apena verla tan triste, que extraño su compasión, que Pablo está enorme y pregunta por ella, que Paula es esa mujer que le pinta las uñas y la ayuda a enhebrar collares. Pero la puerta se abre sin aviso y entra una enfermera inmensa e invasora con un plato hondo colmado y humeante y deja que el olor a sopa invada toda nuestra intimidad. Mi madre se agazapa. La conexión terminó, definitivamente.
—Abuelita, es hora de almorzar —casi grita la enfermera con falso entusiasmo.
Sé que no es con ella que estoy enojado, sé que esa mujer de blanco no tiene la menor idea de que interrumpió un momento que seguramente fue inventado por mí para no sentirme tan solo en ese cuarto. Y a pesar de eso, no puedo evitar mirarla con una furia declarada.
—Perdone, doctor, pero tengo que darle de comer a la abuelita.
Y lo que pretende ser una disculpa acciona en mí el mecanismo de la intolerancia.
—Ella no es tu abuelita —contesto con la certeza de que voy a arrepentirme—, ni yo soy tu doctor. Ella se llama Ana y fue una mujer increíble. Esta mujer podría haber vivido una vida cómoda, despreocupada, y sin embargo me adoptó a los 14 años. Además hizo lo imposible, siempre, para que chicos huérfanos como yo encontraran un hogar adecuado, porque no podía adoptarlos a todos. No es justo que esté acá, ni es justo que le hables como si fuera un bebé. Te pido que de ahora en adelante la llames por su nombre. Es lo único verdadero que le queda.
La enfermera disimula la angustia y el asombro por mi perorata, y sostiene como puede la bandeja a pesar de que sus manos comienzan a temblar. Cuando reacciona, susurra que se olvidó el salero o algo por el estilo y corre hacia la puerta. Puedo escuchar su llanto conmovido en el pasillo, el alboroto de enfermeras que preguntan qué pasó, que ofrecen agua, que la consuelan en voz baja.
Beso a mi madre en la frente y salgo de la habitación con apuro. El olor a sopa me sigue, me ahoga, verdaderamente necesito salir de ese lugar. Decido que en la próxima visita le pediré disculpas a la enfermera. Quizás compre bombones o me anime a traer a Pablo para que su risotada de bebé altere la quietud de mi madre ausente. Pero eso será la próxima. Hoy solo tengo fuerzas para irme en silencio. Comprendo ahora que el enojo no se lleva bien con las palabras.

martes, 20 de julio de 2010

Más acá (parte 10)

Los rulos saltan al compás de sus saltitos de canguro. Toda su cara se ríe, las mangas raspan los labios chocolatados y el futuro de la remera queda en manos de la eficacia del quitamanchas.
Estoy ahora a su lado, rodeado de muñecos, autitos incompletos, libros con hojas sueltas. El universo de mi hijo ocupa mucho espacio, y esta tarde yo me acomodo donde puedo porque Paula salió y tengo que cuidarlo mientras completo historias clínicas atrasadas. No puede ser tan difícil.
Pronto averiguo lo difícil que es: Pablito no quiere que yo fije mi atención en los papeles; me pide agua, me pide pis, me pide galletas, me pide un juego, me pide que lo guarde, me pide otro, me pide un cuento, me pide otro, me pide upa, me pide caramelos, me pide más, y después de todo eso, llora, porque no sabe qué pedirme. Lo consuelo, le hablo de la luna, de un viaje que haremos pronto, a la playa, le ofrezco un papel para dibujar. Pablo se entusiasma, dice que es un doctor y que escribirá recetas, festejo su ocurrencia. Garabatea un rato mientras yo vuelvo rápido a mis historias clínicas.
Pero la armonía no dura mucho tiempo. Se acuerda de un trencito guardado en el sótano. Lo quiere, lo quiere y lo quiere. Le explico que no es un buen momento, que estoy ocupado. “Quizás cuando vuelva mami”, le digo, consciente de que Paula se negará rotundamente a sacar juguetes viejos de una caja llena de polvo.
El llanto empieza tibio y se convierte en trueno; ensordece, aturde, me anula. Es imposible pensar en historias clínicas (es imposible pensar, a secas). Estoy por pegar un grito pero me contengo, de pronto se vuelve evidente: lo único que quiere es estar conmigo.
Abrazo a Pablo y le ofrezco bajar al sótano. “Busquemos ese tren juntos”, le propongo. Con la manga limpia se refriega la nariz mocosa (la remera definitivamente tendrá que enfrentar al quitamanchas), estira los brazos hacia mí, me alegra el alma.
Después de la travesía al sótano, Pablo arrastra el tren por el piso lustrado (no creo que Paula esté de acuerdo con eso) y yo por fin vuelvo a mis historias clínicas. De a ratos levanto la mirada y me deleito con sus carreras torpes por el comedor, con su tren que se convirtió de pronto en volador y lleva a sus muñecos en un viaje gratis a la luna.
Estoy por dejar los papeles para después y sumarme al viaje en tren cuando el timbre del teléfono interrumpe la tarde padre-hijo.
Levanto el auricular a desgano, digo un “hola” frío, apenas audible. Lo que escucho me deja en suspenso, no logro contestar, me paso la mano derecha por el pelo. En la puerta, el ruido de las llaves me rescata; reacciono, contesto “Voy para allá” y cuelgo.
Paula vuelve feliz de su tarde al aire libre, trae paquetes, bolsas, un vino blanco para mí, pantuflas nuevas para Pablo. Trae tanta alegría que lamento tener que darle la noticia. De todas maneras, me mira a los ojos y ya sabe qué pasó algo.
—Es mi papá –contesto en voz baja a su pregunta no formulada–, murió mientras dormía.
Busco mi saco, mi bufanda, las llaves del auto. Abro la puerta y lanzo una mirada a Pablito que llora porque me voy y a Paula que lo abraza con ternura. Me gustaría quedarme ahí, con ellos. Me gustaría ponerme a llorar y que Paula me abrace y me consuele. Pero tengo que ir junto a mi padre, y velar por él.

miércoles, 9 de junio de 2010

Más aca (parte 9)

Lo veo ahora en la cama, los ojos apenas atentos al entorno, una sonrisa debilitada, esforzada, asomando por las comisuras secas.
—Hace días que no habla –me dice ella, apoyada como las divas lánguidas en el marco de la puerta–. No es justo lo que hace, todos sufrimos.
Sé ahora que el sufrimiento de todos tendrá sentido, que la fortaleza vendrá después, en tiempos de calma. Miro a mi madre adoptiva e intento explicarle con los ojos; le pido sin palabras una tregua para ese gigante derrumbado que ha caído de golpe sobre todos nosotros.
Salvatierra resguarda su silencio como el último lugar de poder que le queda desde su convalecencia. Quiere hacerse oír, y no encuentra otra manera, postrado como está en una cama perfumada hasta lo insoportable. Su trinchera es la negativa a mirarnos, a compartir con nosotros su dolor. Espera impávido, como cada tarde desde hace días, que nos cansemos de preguntar y apaguemos el velador para dejarlo a solas en su película muda.
Cuando por fin lo logra, cuando cerramos la puerta del dormitorio, la que se derrumba es mi madre. No llora, porque no tiene las fuerzas suficientes, pero su voz de espejo se quiebra.
—No-doy-más, hijo, no-doy-más.
Ella mastica las palabras, yo asiento con la cabeza pero ya me fui. Pienso que ya es tarde, que todavía tengo que visitar a un paciente y luego correr a casa para la ceremonia del baño tibio de Pablo, llena de juguetes y carcajadas, tan reparadora.
Reacciono ante la mirada interrogante de mi madre y la abrazo. Le repito, como cada tarde desde hace días, que entiendo su dolor pero no comprendo su amor tan egoísta. Todo lo que quiere Salvatierra es contratar una enfermera porque no soporta ver a su esposa convertida en cuidadora experta, en una testigo de su miseria íntima, inconfesable, tan propia que sólo puede compartirla con un perfecto extraño.
Pero, como cada tarde desde hace días, mi madre no lo entiende y comienza con su discurso de mujer que-todo-lo-puede, con su palabrerío de nadie-puede-hacerlo-mejor que-yo. Por momentos, me disperso; en otros, no la reconozco.
Estoy por irme (quiero irme), y busco excusas para acortar la visita cada vez más corta, cada vez más ligada a mi papel de médico: ver resultados de estudios, cotejar con el médico de la familia los pasos a seguir, proveer una lista interminable de calmantes, jeringas, gasas… (Ahora sí lo sé: uno debe hacerse cargo de los pesares que arrastra, acomodarlos, ponerles nombre, acariciarlos, dejarlos que duelan hasta que el dolor termine, y luego, nos liberarán como agradecimiento por la aceptación.)
Busco mi maletín y me dirijo a la puerta, mi madre me sigue mientras me saca pelusas interminables del sobretodo. Pero antes del “hasta mañana” me detengo con la mano enguantada sobre el picaporte: descubro que simplemente no pueden solos, que en algún momento dejaron de cuidarme para pedirme que los cuide, y que hasta ahora no escuché ese pedido mudo, tan ensordecedor.
Vuelvo sobre mis pasos y mi madre me sigue con ruido de chancletas.
—¿Te olvidaste algo?
Entro a la habitación de Salvatierra y enciendo la luz sin pedirle permiso. Le ruego que se incorpore, que me escuche.
—Esto es lo que vamos a hacer: mañana voy a mandar a dos enfermeras del hospital para que las entrevisten y elijan una. Puede incluso pasar algunas noches acá, hay habitaciones vacías. Así, los dos van a estar más aliviados.
Mi padre se incorpora y sonríe, cómplice. Le guiño un ojo y freno la queja de mi madre con un gesto de autoridad.
—Sé lo que vas a decir, mamá, pero si esto se somete a votación, somos dos contra uno.
Ella nos mira sorprendida, atontada ante la inesperada alianza entre un mudo y un evasivo. Hace el último intento de disuadir a su hombre.
—Pablo, yo quiero cuidarte. Sabés que no confío en nadie más.
Salvatierra se sienta en la cama por primera vez en días, y se calza los anteojos.
—Yo agradezco tus cuidados y tu sacrificio, de verdad, pero prefiero conservar mi dignidad. Juan Ignacio acaba de entenderlo y me rescató en el momento justo. Estamos a mano, hijo, estamos a mano.

jueves, 22 de abril de 2010

Más acá (parte 8)

En la habitación de Paula hay un festejo organizado por su familia numerosa: tías y cuñados que se agolpan y murmuran, que dan palmadas y obsequian globos, flores, baberos y bombones. Mis suegros cuentan una y otra vez las peripecias del parto y el gran parecido de nuestro hijo con un tío abuelo paterno que, sentado junto a la ventana, parece haber olvidado por qué vino. Todos se acercan a comentarle el notorio parecido del sobrino nieto, y él, que no escucha, asiente con la cabeza sin demasiada convicción. Pienso que en este momento el tío abuelo debería dar gracias por su sordera, porque en la habitación hay mucho ruido, y yo no puedo acomodar ni las ideas ni las emociones en medio de tanta gente. Ahora sé que estoy atravesando este momento para aprender a recobrar la calma, para centrarme en el ritmo de mi respiración y dominar el dolor de estómago que se apodera de mí en momentos vertiginosos como éste.
Salgo de la habitación y me siento a salvo cuando veo llegar a mis salvadores, a mis queridos Salvatierra. Mi madre adoptiva me abraza y el dolor se calma; ella tiene la virtud de apaciguar mi mente. Mi padre adoptivo me da un apretón de manos, y yo guardo mi secreto para cuando estemos a solas; no puedo esperar para ver su cara.
Mi madre entra a la habitación a saludar a Paula, y me parece la ocasión perfecta para hablar con Salvatierra. Le pido que me acompañe a la nursery para conocer a su nieto. Avanzamos por el pasillo en silencio y lo miro de reojo; los años están dejando surcos en su cara. Sin embargo, cuando se asoma a la ventana vidriada parece rejuvenecer.
—¿Salió todo bien, muchacho? –me pregunta sin dejar de mirar el espectáculo de criaturas movedizas.
Le digo que sí con la cabeza, porque no me siento capaz de articular palabras. Le señalo cuál de todos es su nieto. Salvatierra sonríe, mira extasiado a ese montoncito blanco que sigue buscando la luz, incansable. Por un momento me olvido de todo al contemplar a ese viejo solemne con la palma de la mano apoyada contra al vidrio, como si quisiera acariciar a mi hijo a la distancia. Quiero hablarle pero la acumulación de recuerdos me lo impide: revivo el ruido seco de la bofetada que me dio el día que me pescó fumando a escondidas; los silenciosos paseos por el pueblo de su infancia, al que volvemos cada año; los gritos sordos de los dos en medio de la peor de las peleas; el abrazo comprensivo pero breve, como un perdón entre caballeros; el crujido de los billetes que aparecían en el bolsillo de mi pantalón como premio por las buenas notas en el secundario; el relato de sus propios recuerdos, que compartía y revivía conmigo con el café de la sobremesa.
—Se va a llamar Pablo, queremos que lleve tu nombre –digo apurado, interrumpiendo la cadena de imágenes en mi mente, porque de pronto se me ocurre que no puede ser de otra manera.
—Te agradezco tanto, hijo, este homenaje. Me emociona poder llamarlo Pablo. ¿Podré entrar y hacerle upa?
Lo miro sin entender. Esperaba una emoción reprimida, pero esta demostración abierta me sorprende. Sus ojos se empañan, sus manos tiemblan imperceptibles. Ahora me doy cuenta de que tiene algo para decirme.
—¿Pasa algo, papá?
Aunque no lo llamo papá muy seguido, no parece sorprenderse. Con la mirada fija en la cuna de su nieto, suelta su dolor y por primera vez en su vida pierde ante mí el gesto del hombre que todo lo puede.
—Estoy muy enfermo, Juan Ignacio. No se lo dije a nadie hasta ahora. Es un alivio saber que voy a dejar una huella.